Arte Aquí (Allá, en Morelia)

Buscando otra cosa en mis archivos encuentro este texto que, aunque se enfoca en mi experiencia en Morelia, aplica bastante aún en el aquí y ahora nacional (incluyendo el centro, que es donde ahora habito).

Siento el poco lenguaje incluyente, pero opté por no corregirlo y dejarlo tal cual, como reflejo de esa realidad.

  

 

1. Ser artista en sociedad

En estos tiempos tan interesantes, la vida de quienes se dedican al arte en México-país es una muestra representativa de cómo la sociedad entera se polariza.  La economía rige acciones y actitudes y hay quienes encuentran un nicho, protegido por la tibieza individualista posmo, y son entonces bendecidos por el mercado. Hay también quienes se asfixian.

El arte dejó hace mucho de ser un  elemento fundamental para el fortalecimiento de la identidad del pueblo (palabra maldita por el panfletarismo). Al menos es el discurso real, digamos friático, del sistema, del Estado, quien tiende a desaparecer bajo el apabullante cabalgar de los jinetes del corporativismo imperial. El arte ha pasado a ser  producto comercial, decorativo, efímero, circense.  El medio artístico –en el que se desarrollan los y las artistas- es entonces un cuadrilátero cruel que segrega.  Es un medio desarticulado, de acuerdo a la estrategia cesarina del Estado, en que los intereses son tan primarios como lo es la subsistencia, por lo que es casi imposible (tengo esperanzas) de unir visiones y esfuerzos para cambiar la situación. Los grupos se desagrupan, los acuerdos se desconocen, las convocatorias, los conocimientos, los logros se atesoran bajo llave e incluso, si se puede, se golpea a diestra y siniestra. Y ni hablar de la centralización de los recursos, mercados, curadores (esto es, seleccionadores con vara mágica). De que quien no habita en la Ciudad de México, ombligo de nuestro tercermundo, difícilmente logra entrar a lo que se ha dado en llamar el mainstream, la corriente principal por donde fluye el paraíso artístico.

La historia occidental da cuenta de como el artista, para lograr su subsistencia como tal, debía tratar de colarse a los círculos internos del poder como cortesano, aunque eso implicara realizar obras que sirvieran para perpetuar las glorias e ideologías de gobernantes, papas, imperios. Las encomiendas de sus mecenas podían resultar en obras maestras, pero el trabajo, y el artista, se ponían al servicio de quienes los empleaban. El resto, por más talentos y aptitudes que tuviera, pasaba al olvido y la miseria.

En el período posrevolucionario, los muralistas cubrieron una gran cantidad de metros no solo por encomienda sino por ideología propia. Servían a la creación de una conciencia histórica y una identidad. Educaban, criticaban, señalaban a la realidad con ironía desnuda. Su trabajo era principalmente social y contaban en esa coyuntura con un Estado conciente del papel de sus artistas. Por eso fue posible el muralismo.

Y es que ser artista (no decorador, que ese es otro cantar, parecido pero no igual) es ser un trabajador, un creador de la cultura. El arte implica un oficio, una acción y una actitud ante la vida. El arte es un medio poderoso en cuanto incide en el subconsciente colectivo, de él se nutre, a él habla. Es un creador de mitos. De conductas. Es reflejo del pasado y visión del futuro. Es mirada y es voz. Es voluntad. Es también yo y nosotr@s. Mis entrañas tanto como las de la sociedad a la que pertenezco, porque por más que nos quieran hacer creer que estamos solos y aislados y que más nos vale preocuparnos solo de la punta de nuestra nariz, nuestro quehacer es social y produce presente y futuro. Y todo esto sucede dentro y fuera del mainstream, dentro y fuera de la conciencia pública.

Las características actuales del entorno artístico institucional michoacano han provocado cierto posicionamiento político (ah! ¡Otra palabra maldita!) en el gremio. Continúan las brumas sobre el aparente hueco de la administración cultural. Se escuchan unas cuantas voces,  pero lo cierto es que esa desarticulación es el principal obstáculo para poder sanear el medio. Desarticulación provocada por el poder, sí, pero también por la propia comodidad de no asumirse actor social. Por mantener al arte en su aséptica caja de cristal, en su definición de producto para élites sensibles o intelectuales o económicas y la imagen propia de artista como ente hiper especializado y especial, diferente, marginal o favorecido, pero heredero de las manos de dios.

Si los individuos e individuas que conformamos este gremio rompiéramos con las mil máscaras de la inacción y volviéramos la mirada hacia la sociedad que somos, junto con el resto del público, pudiéramos resistir de mejor manera esta polarización global. Si lográramos asumirnos ciudadanía actuante y participamos directamente en esa propositiva resistencia, en esa construcción del otro mundo que de alguna manera imaginamos con nuestras obras, respiraríamos mejor. Si fuésemos solidarios, solidarias…

II. Vivir del arte

Cuando en 1993 el neólogo Felipe Ehrenberg impartió un diplomado llamado “El arte de vivir del Arte” en el MACAZ, esa montaña de honor que ahora funge de agregado cultural de México en Brasil intentaba fomentar la conciencia del profesionalismo necesario en tod@ artist@ que se respete. Durante una semana completa nos habló del mercado quasinexistente, de los públicos directos e indirectos, de las vías para difundir mejor nuestra obra y para alcanzar planos insospechados. Nos hizo hacer ejercicios de concreción de conceptos y autoconceptos pero, principalmente, hizo hincapié una y otra vez en la necesidad vital de la conciencia de gremio.

El arte es un bien social. Quienes lo producen son, al final de cuentas, trabajadores, productores, creadores de ese bien, que se da en forma de productos, servicios, conocimiento y talento. La sociedad recurre a él concientemente, como quienes lo reconocen valor cultural, espiritual e incluso turístico y comercial y lo difunden en esa medida. Pero incluso si hay inconciencia el arte provee a la sociedad de sus valores. A veces hasta a su pesar,  porque al Arte, a ese flujo energético visionario, muy difícilmente puede parársele.

Pero hablar de artistas es acercarnos a la dimensión humana que está más acá, más en la cotidianeidad, más en el tejido intersocial de las comunidades. La relación de una sociedad, de sus instituciones –gubernamentales o no- con sus artistas, da clara cuenta de su relación interna entre la visión asumida gracias a la manipulación mediático-política que de una u otra manera decide sus gustos y lo que en verdad percibe como la metáfora que la retrata. Según esté la balanza, la cultura fluye auténtica o manipulada. O dicho de otra forma, la cultura resiste a la manipulación con su autenticidad, o se entrega en brazos de Barbie. Y por supuesto que hay grados.

En nuestra sociedad moreliana, por ejemplo,  el aura glamorosa que se le ha imbuido a la música la convierte en un bien comercial turístico privilegiado, la define, abre ciertas puertas a ciertos músicos, ejecutantes, compositores, y los coloca en un olimpo que les asegura su ejercicio artístico, su profesionalización  y,  por tanto,  su sobrevivencia. Claro que tienen atrás todo un aparato académico, administrativo y publicitario que lo permite, –conservatorio y patronato de por medio-, pero que también dirige los rumbos a seguir tanto por los mismos músicos como por el público. Habría que ver la situación del resto de los músicos que no se encuadran dentro de los parámetros determinados, de lo culturalmente correcto. Pienso que una sociedad amante de la música debiera proteger, escuchar, apoyar, difundir toda clase de propuestas auténticas, claras y profesionales, además de promover toda clase de enseñanzas musicales dentro y fuera de la ya conocida. Así sus músicos, sus grupos, orquestas, tríos, solistas, etc., urbanos o no, podrían ser todavía más profesionales, con mejores perspectivas, y tener mayor alcance. ¡Salud a quienes viven para la música!

***

Entonces, echando un vistazo al gremio específico de mi disciplina principal, las artes visuales, y del cual Ehrenberg también hablaba, es necesario cuestionar su inarticulación y la relación con la sociedad que ésta provoca, como un ejercicio reflexivo que busca detonar, de menos, la discusión abierta del tema y, de más, la utópica organización voluntaria y activa en torno a todos los problemas que nos afectan, a partir  tanto desde las instituciones como desde el interior del gremio.

Por lo pronto puedo decir que, según mi visión particular, alimentada por los 12 años de residencia y actividad profesional en Morelia dentro del arte y su promoción,  el periodismo cultural y el activismo, el gremio de artistas visuales está totalmente fragmentado, es poco solidario y en general ha asumido el estereotipo del artista egocéntrico, marginal o cortesano, individualista siempre. Siempre también hay excepciones. Pero los intereses personales o de pequeños grupos prevalecen frente a los de la colectividad, y cuando hay intentos, a lo mucho, son efímeros.

Si quienes se dedican a la música, el teatro, la danza, incluso la literatura, tienen instituciones que protegen sus derechos, bien o mal, los visuales debiéramos agruparnos alrededor de esos derechos y trabajar por ello. La carencia total de seguridad social de cualquier tipo es evidente. En México, en Michoacán, si te dan una exposición es por abrirte espacios y, aunque incluya invitación, coctel y edecanes con listón, tú subvencionas obra y montaje y nunca hay un honorario. ¿Honorario por exponer?  Ja!

Alguna vez me llegó un correo que envié a muchos de ustedes, pero que he perdido. Decía algo así como: en una exposición, el director del museo (o casa de cultura o galería o lo que sea) gana un sueldo, el museógrafo gana un sueldo, el intendente, la secretaria, el chofer, el diseñador, el poli de la entrada, todos ganan un sueldo, menos quien expone. Todos ellos viven de lo que los y las artistas exponemos, de nuestro trabajo. Del director o secretario de cultura hasta ese poli. Y si el o la artista requiere de apoyo para seguir produciendo, se le escatima, se le niega, se le maltrata, o chance, se le da una beca. Una. Para un o una artista.

Insisto: si pudiéramos organizarnos alrededor de lo que nos une como gremio, poniendo a un lado las diferencias, los hígados, las desconfianzas, y lograr un pacto que nos permitiera poner sobre la mesa las necesidades reales que como artistas-ciudadanos tenemos, y así encontrar juntos las propuestas y las acciones que nos lleven a otra dimensión, una que solo traería beneficios a artistas y a sociedad entera, otra muy distinta sería nuestra vida.

III. Arte aquí: usos y costumbres

El reunirse a reflexionar sobre la situación del arte en el país en estos aún albores del siglo 21, es un ejercicio que debiera ser una constante tarea de los productores de arte, así como debiera ser, también, atenta la escucha de las administraciones culturales.  Reflexionar y dialogar sobre los temas que nos atañen como creadores, como artistas, como miembros de una sociedad diversa y complejísima como la nuestra –de la Realidad a Tijuana pasando por Morelia- es siempre oportunidad que permite la profundización de ideas que pudieran percibirse en las obras y que así, escritas,  se convierten en pensamientos, en palabras, en conceptos que traducen la realidad de la situación del arte y los artistas en México.

El tema que quiero abordar es algo del papel, de la importancia de la relación arte-sociedad aquí, en México, y específicamente aquí en Morelia, la capital de Michoacán. Ciudad que han vestido de festivales internacionales Gran Turismo pero que, mantiene usos y costumbres que, a mi parecer, impiden el verdadero desarrollo de sus artistas.

Arte y sociedad es el tema. Me parece muy significativo que se aborde desde la programación, en este encuentro.

1.

El Arte une nuestras disparatadas realidades
y nos ofrece una experiencia coherente.
La satisfacción emocional del Arte
es la satisfacción de la integridad.

Jeanette Winterson, The Power Book.

El arte, y por lo tanto quienes lo producen, sufre de una compleja y confusa relación con sus sociedades, gracias a la manipulación consciente e inconsciente del poder. La sociedad en realidad ignora qué es el Arte. El concepto que se tiene fluctúa entre lo decorativo y lo incomprensible, entre lo iluminado y lo histórico, entre lo inalcanzable y lo infantiloide, entre lo bello y lo ridículo, entre lo ingenioso y la factura.  Está, en la mente social, entre espectáculo y la total aburrición, entre el reconocimiento y lo ajeno.

Mas dice Jung:

El proceso creativo, al menos hasta donde podemos entenderlo, consiste en la activación inconsciente de una imagen arquetípica y la elaboración y formación de esta imagen en una obra terminada. Dándole forma, el artista la traduce al lenguaje del presente, y así nos hace posible encontrar nuestro camino de regreso a los más profundos manantiales de la vida. Ahí yace el significado social del arte: educa constantemente al espíritu de la época, conjurando las formas de las que la época carece. La añoranza insatisfecha del artista va, en su subconsciente, hacia la imagen primigenia que mejor lo compensa por la inadecuación y unilateralidad del presente.[1]

Lo que Jung sugiere es que el arte no solo es un reflejo de el tiempo que se vive, sino que provee de sustento sicológico. Completa necesidades del ser. Revela y reafirma la vida y su misterio.  Sugiere que el Arte tiene un valor espiritual que puede sonar para muchos fuera de sitio, o ser entendido como lo hace la cubana Raquelín Mendieta, al afirmar que “ el arte y la espiritualidad son una y la misma cosa: las obras de arte son oraciones en el altar de la vida”.

Así como se  puede aceptar un rol digamos chamánico del Arte, también se acepta que es una herramienta política de gran potencial, cosa que el poder sabe muy bien, ya que siempre ha intentado utilizarlo para su beneficio. (Llamémosle “el poder” a lo que ha determinado desde hace varias centurias el camino que la “sociedad” ha tomado).

Por un lado, el Arte desde siempre  ha sido utilizado por los políticos y sus administradores para reinventar y reconformar la identidad de la sociedad. Desde Babilonia hasta ayer, se reconfiguran los arquetipos para adecuarlos al “deber ser”, se delimitan los territorios, se margina o se elimina la rebeldía.

Con los elementos que dominan el mundo oficial y global  del Arte, desde el mercado hasta las instituciones administrativo / controladoras, desde los jardines del arte a los museos, las escuelas, los apoyos y las becas, se conforman las corrientes y las tradiciones determinadas como válidas, las tradiciones selectivas.

Dice Raymond Williams:

En cualquier sociedad, en cualquier periodo particular, existe un sistema central de prácticas, significados y valores que pueden llamarse propiamente dominantes y efectivos. Esto no implica un presunto valor. Es este sistema central el que formula la tradición selectiva; la que, en términos de una cultura efectiva dominante, es siempre legitimizada como “la tradición”, “el pasado significativo.”[2]

Y al determinar, al definir de qué formas se pueden manifestar estas tradiciones validadas, se excluye todo el resto de propuestas.  Williams divide en tres  la cultura humana: la dominante,  la cultura residual, que es reaccionaria, y la cultura emergente, que es la fuerza revolucionaria de revitalización y la que ofrece “tradiciones” alternativas. 

Con el poder que tiene el Arte de ofrecer “elementos unificadores para una visión multicultural de la sociedad contemporánea”[3], es en sí una fuerza que puede escapar a los designios del Gran Hermano si confronta las nociones aceptadas, si cuestiona al estado, al mercado, a los prejuicios, al imperialismo y sus lenguajes.  Pero este poder lo coloca en un sitio de difícil manejo para los intereses políticos, y es entonces que se da la guerra cuerpo a cuerpo, es decir, se pone en la mira a los artistas como individuos. Intenta con esto romper la conversación de la sociedad con ella misma y fraccionarla hasta llegar al punto de la inmovilidad, o el caos.

Acción participativa de Lourdes González para identidades.02

2.

Percibo dos tendencias dentro del Arte que me importa señalar. Una, la “internacional”, que pretende unificar la producción artística del mundo en su afán globalizador, homogenizando estilos y eliminando contenidos, inventando firmas y apuntalando grupos que el sistema curatorial se encarga de difundir por todo el planeta. Entonces podemos encontrar a los mismos artistas tanto en Indonesia como en Londres, en Venecia como New York, y quien quiera acceder a este paraíso debe 1) alinearse por la derecha, 2) pertenecer al grupo en el poder y 3) tener un producto comercializable, dentro de los parámetros de lo permitido, incluso con su dosis de “rebeldía y confrontación”.

Por supuesto que este estrato no admite cuestionamientos, es lo más alto que cualquiera puede aspirar y, de menos,  se debe imitar, ya que qué mejor que ser discípulo de alguien o pertenecer a una corriente de comprobada eficacia y prestigio. Crecer a la sombra de tamaños arbolotes no hace mas que beneficiarnos aunque seamos chiquititos.  Siendo el nuestro un país conquistado, pareciera  hasta cierto punto “natural” que éste sea el camino a seguir. Así lo dice CONACULTA, así lo dicen las instituciones de cultura.

La otra tendencia, con sus múltiples variantes, podría llamarse la emergente, según Williams. Es la que implica un Arte culturalmente específico, que conlleva en sí la memoria o la idea de una cultura particular y su lugar en el mundo, y que su especificidad no limita ni su valor ni su calidad estética ni su importancia. Desde el arte de Francisco Toledo al del vasco Agustín Ibarrola. Del producido en Zimbabwe o en Budapest. Es, en una palabra, el Arte del resto del mundo, de las llamadas “culturas periféricas”, marginales, minoritarias. Llámense indígenas, feministas, balcánicas, negras.

En los centros de la civilización, los verdaderos asuntos de las minorías, de los trabajadores aquí y allá, con salario o desempleados, del desplazamiento y la pérdida cultural que sufren los migrantes, no son realmente abordados. En vez de ello, “ha surgido una cultura que todo lo convierte en artículos de consumo, que ha silenciando o camuflajeando la expresión de un mundo étnica y socialmente diverso. Más que una Aldea Global de sonriente tolerancia multicultural, tenemos una situación en la que el Arte que se rehúsa a la conformidad tácita es mostrado de la misma manera que se exhiben las máscaras tribales: muertas y fuera de contexto. Lo étnico es un producto comercial, la diferencia es un accesorio, las raíces son piezas de adorno. Todas las excentricidades de las necias minorías son vistas con desaprobación y ridiculizadas, mientras que la élite cultural alardea sobre las realidades multiétnicas.  No les crean: todos estamos siendo metidos dentro de un mismo traje unitalla,  y ese traje lleva en la etiqueta made in the USA[4]

Y es aquí donde reside, creo yo, nuestra borrosa realidad artística. En Michoacán se han venido reformulando las “tradiciones validadas” por las culturas dominantes. La visión de la identidad michoacana, diversa como es, ha sido delimitada por los grupos en el poder. Desde el nicolaísmo al priísmo al perredismo al purepechismo.  Novedosamente perfilada por el valor que ahora se le dan a los migrantes. Y pasando y quedándose, por supuesto, en los Ramírez.

3.

Aquí y ahora.

No es extraño que la sociedad en general no entienda  a sus artistas ni el valor que tiene el arte para su sobrevivencia cultural, si es acosada por todos los medios para convertirla en un ser amorfo y consumista. Tampoco lo es  que los artistas en general se inserten en esa pequeña corriente que intenta llegar al mainstream,  si así lo dictan los parámetros profesionales.  Llenar los formatos correctamente es cuestión de supervivencia. Porque si no sigues las reglas no hay apoyos, no hay becas, no hay clases, no hay maneras de sobrevivir del arte. Y si has de vivir de tu producción artística es porque se te permite hacerlo. Son los usos y costumbres establecidos. O te alineas o no te llega cheque alguno.

Ya he abordado estos temas de la sobrevivencia del productor de arte en nuestro medio, en algunos artículos escritos para La Jornada Michoacán. Me preocupa la inercia, el acendrado individualismo que impide toda conciencia gremial o la acción constante y concreta que pueda llevar a ella.  Sean estrategias del poder o no, los silencios se escuchan dentro de la gritería.  Es más sencillo y seguro parapetarse,  que salir y ver. Ver el cielo tanto como la gusanera. Al fin que si se es política, cultural y artísticamente correcto se adquiere fama y fortuna.

O también se puede decidir ser contestatario y guarecerse tras el movimiento de masas para mantener una marginalidad, que renegará siempre de cualquier otra cosa que no esté de ese lado, muy particular, de la línea. Digamos que nos convierte en hooligans de nuestras ideas fijas y este es un uso y costumbre bien validado también, y que puede asegurar un escaño en el sistema nacional de creadores si se encadena al palacio de Bellas Artes, como el famoso performance que hizo Orlando Guillén, un marginado profesional.

Y mientras tanto, la capacidad artística de ser memoria y profecía pareciera diluirse junto con  nuestra identidad. Por un lado se nos hace saber que la plástica que se realiza en Michoacán no tiene ni la calidad mínima para poder mostrarse en ningún museo de la Ciudad de México (la anterior administración dixit). El mensaje que se trasluce es que ningún artista que se quede en Michoacán podrá lograr el reconocimiento. Debe de dejar el provincianismo, como los hermanos Marín, para regresar con carpeta roja. 

Se nos hace creer que solamente pertenecemos a la periferia en relación con el centro del poder. Por lo tanto, la desconfianza que esto nos produce nos impide a todos, sociedad y artistas, tomar nuestra obra tan en serio como tomamos la que proviene de otras culturas, incluso de otras ciudades, seamos productores o consumidores. La imagen visual es un medio esencial de la reafirmación de nuestra identidad y al negarle su valor seguimos negando lo que somos.

Dentro de todo esto, existe también un discurso oficial en el que se pondera a la creación artística como lo que es, sutil fuerza motora, pero en la realidad, en la acción cotidiana, en las antesalas y las idas y venidas a oficinas que permanecen cerradas, o en las promesas que nunca se concretan o lo hacen a una mínima parte de lo prometido,  los hechos niegan el discurso. Es la dinosáurica táctica del poder que bien que sabe lo que hace.

En tiempos del cambio, el “rescate” de las culturas originarias las pone en peligro de ser absorbidas. La etiqueta a la que hace mención Bala –made in USA- , podrá ser pequeña, pero es un sello que hace sangrar.  Son culturas que están ganando esa confianza en si mismas frente a la dominante, pero habrá que tener cuidado con distinguir claramente entre la autonomía cultural y el chauvinismo, entre el producto turístico y la verdadera expresión de los pueblos.  Que los apoyos que se les brindan no sean por mantener la corrección política y la coacción que conlleva.

4.

Existen culturas políticas que comprenden la necesidad de apoyar y promover a sus artistas, como la alemana. Saben que la sana relación institución-artista-sociedad enriquece sustantivamente a los pueblos. Pero las hay que obstaculizan, y al romper esta sinergia la sociedad misma, y las instituciones forman parte de ella, pierde rumbo.

Aunque hay sus pocas excepciones, sé que a estas alturas de la enfermedad es demasiado esperar que, desde quienes están en los sitios de poder político a quienes se encuentran a cargo de los organismos de cultura, decidan actuar bajo los parámetros de sus propios discursos y enfrentarse abiertamente al designio uniformizador trazado por el imperio, para defender su identidad, su cultura, sus artistas, sus sociedades, con políticas y acciones reales. Pero sí es posible pedir que lo hagamos los propios artistas.

Ser artista seria en esta sociedad particular conlleva dosis únicas de honestidad y de necedad. Es trabajar desde el centro del ser hacia el centro de la sociedad. Ubicarse en su verdad, bordar con la memoria y las raíces hacia el futuro. Volcar hacia el exterior la identidad de las entrañas y las visiones, para evocar estructuras de sentimientos en los demás.

Implica además el estudio y la contemplación, el oficio y la experimentación, y una buena cantidad de ingenio para lograr concretar los proyectos.  Esto se convierte en una lucha constante ya que por lo regular se vive con déficit financiero.

En mi caso, hablo desde el centro de mi ser: mi ser mujer, mi ser artista. En esta sociedad ser ambas cosas juntas, sin provenir de familia o escuela determinada y reconocida, es cosa doblemente vulnerable, y si además propones una nueva manera de hacer y relacionarte con el arte, te obliga a sobrevivir en terrenos hostiles. Y es desde esos terrenos, la vida cotidiana, en que he aprendido a moverme como guerrera.

Sé que se puede ser artista desde las entrañas. De las entrañas y la conciencia. Desde la propia verdadera identidad. Hallar y devolver los hallazgos, la energía, la obra – que es el traducirse en arte-, a la sociedad que nos alimenta con su múltiple ser.  Romper en lo posible las visibles e invisibles fronteras impuestas entre  arte y comunidad. En mi caso particular, como mujer artista, como mujer artista con los ojos, el corazón y las manos abiertas, hago arte para navegar hacia el subconciente colectivo que crea y recrea los mitos. Salgo a la calle, a la comunidad, a los artistas jóvenes, al intercambio con otros creadores del extranjero que comparten esta conciencia de excentricidad – de estar fuera del “centro”-, para decir de todas las formas necesarias ¡Ya Basta! Como mujer y como artista me interesa cuestionar y enfatizar realidades, hablar desde el ahora conectada con el siempre.

Sé que existen intentos honestos, aún los fallidos, de encontrar maneras para caminar sobre el fuego. Hemos de andar sin descanso, a contracorriente, con los ojos bien abiertos y enfocados y uniendo esfuerzos.  Es la fuerza revolucionaria de revitalización que ofrece verdaderas alternativas: unas que surjan del centro real, del corazón de los y las habitantes de esta tierra y que, por lo tanto, sean libres y verdaderas. 

Texto para el Encuentro Nacional de Creadores
Morelia 2004

Elizabeth Ross ©


[1] Carl Gustav Jung, On the relation of analytical psychology to poetry.

[2] Raymond Williams, Problems in materialism and culture, selected essays.

[3] Y 4  Iwan Bala, Here+Now, essays on contemporary art

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