Fonki Tonk

Veladora_Frente

Mónica Mayer ha hecho  famosa su veladora con la frase de Con el FONCA o sin el FONCA yo hago siempre lo que quiero, y claro,  tiene razón si hay en ti una imparable necesidad de producir. También hay que tomar en cuenta que para hacer arte, a menos que sea escrito o que los materiales y herramientas sean tan sencillas como un lápiz (o carboncillo) y papel, o con suerte una computadora o incluso una cámara fotográfica, y tengas un espacio para trabajar, (tengo en la memoria el cuarto 2 x 3 en el que vivía en Madrid), necesitas también subsistir.

Privilegios aparte – que no los tiene la mayoría-, como poseer una casa o tener un negocio que te mantenga y que te facilitan mantener tu producción artística, hay que pagar renta y gastos, comida y zapatos, aparte de los materiales, herramientas y procesos que requiere tu trabajo, sabiendo que lograr venderlo es algo bastante azaroso. Ser artista, y serlo en México, significa haber tomado una decisión que conlleva problemas de todas clases, desde la relación con la familia (¡Pero de qué vas a vivir!!), con la sociedad, que te cree desde privilegiada a parásita, o con tu misma obra (que te exige gastos que luego no puedes hacer). Difícil serlo en México, en donde no existe un verdadero mercado del arte (esto es que compre obra, no firmas), con un tremendamente escaso mecenazgo privado y donde, sobre todo, falta una visión de estado que reconozca la importancia del sector cultural como ente productivo de PIB y de prestigio y actúe en consecuencia instaurando políticas públicas adecuadas e incluyentes. Donde ser artista implica no recibir honorarios por tu trabajo, como sucede por ejemplo en Canadá, donde te pagan -y bien-, por reproducir uno de tus videos o montar una exposición  ya sea en galerías privadas o en espacios institucionales, y además tienes derecho a pedir varios apoyos estatales al año para realizar tus proyectos. O ya no digamos en Alemania, donde se han destinado millones de euros para paliar los efectos de la pandemia en el sector cultural, y esto lo hacen no por buena onda sino porque saben que las y los artistas, al rededor de quienes funciona todo el aparato cultural- son muy valiosos para el país y hay que proporcionarles los recursos suficientes para que puedan producir cada vez mejor arte.

Todo este preámbulo para decir que sin los apoyos y becas del Fonca y los Fondos estatales, habría todavía menos artistas entregades a producir obra y no a ver cómo sobrevivimos.

#yoconelFonca

Estos últimos días, a partir del anuncio presidencial de la extinción de fideicomisos ya inoperantes y que sin embargo son una fuga de dineros públicos que van a dar a oscuras bolsas, parte de la comunidad cultural entró en paranoia: ¡ van a desparecer al Fonca! Pero yo intuyo que el Fonca es intocable. Porque faltan muchas políticas públicas incluyentes (esto es, no sólo emergentes, no sólo quienes llevan una línea acorde a las preferencias estéticas de tal o cuál jurado, o no sólo una vez y en una sola convocatoria como en Canadá), pero es lo mejor que tenemos. Es evidente que puede funcionar mejor (y ser más incluyente) pero también que para ello se requieren muchos más recursos financieros y estamos en una transformación de la vida política-económica del país, y en una contingencia inesperada y cruel, por lo que su mejor adecuación tendrá que ir des-pa-cito.

Ya en lo personal, debo y quiero decir que sin el Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Michoacán y el Fonca, no habría producido toda la obra que llevo haciendo desde que me asumí artista en 1990.

Fue en 1996, que recibí la bolsa de coinversión para publicar Vientos, periodismo cultural en Morelia, en que el reconocimiento del trabajo realizado a nivel nacional me dio un impulso tal que me llevó a madurar como persona y como artista y gestora de proyectos en común. Porque una artista, mujer sola con dos hijos adolescentes y creando, necesita del apoyo del exterior para poder desarrollarse y no quedarse en un solo punto, desde el cual menguar. Vientos me dio fuerza, relaciones en un entorno más allá de la endogamia moreliana y amplió mis perspectivas de lo que puede ser el mundo, además de difundir el pensamiento de quienes tanto en Michoacán como en otros ámbitos hacían cultura en esos momentos. Vientos viene a ser un documento histórico sobre el pensamiento digno de estar en los archivos nacionales (y está).

 

Esa fuerza y el trabajo realizado en cerámica me llevó a ser elegida para una residencia en Canadá (precisamente) y pasé el verano de 1999 en ese paraíso llamado Banff Centre for the Arts gracias a la beca de Residencias Artísticas del Fonca. Ahí fue donde pude experimentar con técnicas que en mi medio eran imposibles, como la porcelana o la quema de sal. Recuerdo que tuve que parar de producir a mi ritmo cuando me aclararon que toda la obra tenía que transportarla de regreso yo misma.  Translated fue la instalación resultante y fue Banff que me volvió internacional, además de que hizo que me diera cabal cuenta de que mi camino no era únicamente la cerámica sino lo que en ese momento se denominaba multidisciplina.

 

En el 2002, después de un periodo extremadamente intenso y difícil emocionalmente, decidí que tenía que volver a viajar y logré la beca como creadora con trayectoria del Foescam, Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Michoacán, para realizar mi proyecto Relatos de la Travesía en la que entretejí mi propia experiencia con la de las personas con las que interactué durante ese viaje en el que, de paso, me rompí tibia y peroné, y en la que utilicé como nunca antes diversas técnicas y disciplinas como la foto, la manipulación digital y el audio, junto con la instalación y la acción ritual. Los 4 elementos dieron la pauta para explorar estéticamente la travesía realizada. Fue entonces, en el 2003, que decidí salir a la calle. O sea, hacer obra en la calle, directamente con la gente que pasaba, que la habita cotidianamente, que nunca entra a los museos y mucho menos a las galerías. Esta oportunidad de ver diferente al arte y la manera de contactarlo e interactuar con la gente me la dio esa beca.

Sabiendo que estaba utilizando dineros públicos para realizar este trabajo, publiqué en la Voz de Michoacán un largo artículo dando cuenta de lo hecho y las razones y conceptos detrás de la obra de esta tetralogía .

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No fue hasta el 2008 que volví a presentar un proyecto ante el Foescam, cuando ya se había creado el SECREA, que es -o era- la versión regional del SNCA o Sistema Nacional de Creadores de Arte.  El apoyo fue de un año y sirvió para realizar mi último gran proyecto en Michoacán: Nómada, las mujeres se mueven, que involucraba no solo a varias artistas extranjeras, sino, principalmente, a mujeres purépechas de la comunidad lacustre de Cucuchucho, que trabajaron conmigo durante tres meses y que por primera vez  pisaron un museo de arte contemporáneo, y fue para cortar el listón y exhibir las piezas que hicieron dentro del proyecto sobre la migración. Ellas, las que se quedaban.

Nómada, las mujeres se mueven, en su primera parte se presentó en Europa y después en el Museo de Arte Contemporáneo Alfredo Zalce. En el enlace anterior pueden ver una síntesis del proyecto, o ir directamente a la página para ver los videos también.

 

 

Después de esto me lancé a la aventura de no sólo dejar Michoacán sino México y fue precisamente en ese cuarto madrileño de 2 x 3 mts2 que recibí la noticia de que había sido seleccionada como nueva integrante del SNCA. Debo decir que fue como ver la luz al final del túnel, ya que la estancia en España no estaba siendo fácil y, aunque con la beca tenía la opción de quedarme, decidí que debía volver a México y retribuírle a la gente de y en mi país. Era el 2012, yo era migrante aunque española y el tema obligado era -seguía siendo- la migración, además de otros territorios que transitamos las mujeres. Transvase territorial (Y, ¿En dónde están las mujeres?) me permitió trabajar allá con migrantes latinoamericanas y africanas y acá con sus contrapartes europeas; enfrentar la desaparición de mujeres, la importante permanencia de la memoria y, además, empezar a investigar en carne propia y ajena ese territorio desdeñado que es la vejez, cuestión que sigue desarrollándose.

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Volver a México, especialmente a la ciudad donde nací pero después de toda una vida lejos, fue volver a empezar de nuevo y recuperar por un lado y establecer por el otro, relaciones humanas, de amistad y de trabajo. Fue también el viajar por algunas ciudades y pueblos del país para impartir talleres dentro del programa de retribución social. Fue el querer hacer de esta ciudad mi hogar.

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En verdad creo firmemente en que todo lo que hacemos y dejamos de hacer va conformando la sociedad, el mundo que somos. El arte no es desechable, y las personas impelidas por una necesidad profunda a hacer arte, damos la vida a pesar de las circunstancias -en favor y en contra. El Fonca es lo que tenemos y es bueno. Yo, personalmente, lo agradezco. Y sé muy bien que no es “enchílame otra” obtener una beca. Son muchas variables que tienen que alinearse para lograrlo. A mí me ha dado grandes oportunidades y rescatado de agujeros negros y sé perfectamente que son dineros públicos que obligan a dar buenos resultados.

Seguiré intentando presentar propuestas porque me son necesarias. Soy una mujer que vive con su gato, que tiene casi 66 años, sin entradas fijas, cuyos recursos provienen solo de lo que logra cuando le aceptan patrocinar un proyecto, pero que no ha dejado de  proponer, realizar y compartir maneras de crear energía creativa, esa que nos da la bondad humana.

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